jueves, 23 de febrero de 2017

El gol del Tito Tapia

En la retina de cada hincha de Unión quedará el gol de Hector Tapia, ya que fue el único gol que marcó vistiendo la camiseta más linda del mundo y nos dio una esperanza que casi dábamos por perdida.

Estábamos, después de doce años, en Copa Libertadores, tras obtener un emotivo –pero inmerecido– Campeonato Nacional. Nuestra participación en la copa, hasta ahí, era derechamente mala; habíamos perdido de local contra el Goias de Brasil y contra Ñuls de Argentina, en Rosario. A los bolivianos de The Strongest le ganamos en nuestro estadio por 1-0 con gol de Emerson Pereira y seguíamos vivos. En el partido venidero tendríamos jugar, otra vez, con los mediterráneos, pero ahora en La Paz.

Recuerdo perfecto aquel partido en Bolivia. Era 26 de marzo y ese día en el colegio no pensaba en otra cosa que traernos los tres puntos costase lo que costase, tal como lo estoy ahora. Llegada la hora del partido con mi papá buscamos un lugar donde lo transmitiesen. Afortunadamente, para nuestras intenciones, la ley dejaba mucho que desear: los niños de ese entonces, como yo que tan solo tenía diez años, podían entrar a lugares donde hubiesen viejos dejados al azar un jueves por la noche que bebían y fumaban.

Entramos en definitiva al Chileno–Árabe, un pub ubicado en Recoleta con Domínica. El lugar estaba dejado a la indiferencia de los años, cargado de romanticismo pero  sus paredes pedían a gritos una manito de gato. Tomamos primera fila frente al televisor, lugar de lujo para sufrir. Una cerveza para él; una bebida para mí. Y vamos la Unión.

Como era de esperarse en el lugar no había ni un privilegiado que supiera lo hermoso que se siente ser hincha de Unión. Aunque los envidiaba mucho en un aspecto: estaban caga'os de la risa y comentaban el partido sin nerviosismo. Hacían reparos en lo mal que jugaba la Unión. Y era verdad. Los escasos recuerdos que tengo apelan que nuestro arquero, Julio César Gaona, atajó un sinfín de pelotas que, de no ser por él, nos llevarían directamente a la eliminación. Recuerdo, también, que los comentaristas argentinos no dejaban de traer a colación que la figura del partido era su compatriota.

Cuando ya parecía que el partido acababa en un insípido 0-0 Héctor Tapia se manda un carrerón y clava la pelota en un ángulo inferior del arco. Gol, gol de la Unión y estábamos más vivos que nunca. Mi reacción fue eufórica, tanto así que casi me desmayo producto, entre otras cosas, del olor a cigarrillo del lugar que me tenía mareado. Los viejos chichas me abrazaban y gritaron el gol como si fuese de su equipo. 

Al llegar a mi casa estaba tan contento que no pude perder la posibilidad de dormir con mi camiseta para que al otro día, al despertar, fuese lo primero que viera.

En el partido siguiente –contra Ñuls– falté al cumpleaños de mi mamá para ir al estadio. Empatamos un partido que teníamos en el bolsillo y terminamos eliminados. Pero la felicidad del partido ganado en Bolivia jamás la olvidé.

Hoy, once años después, volvemos a jugar contra el mismo equipo y en la misma cancha y –siguiendo el curso natural de la vida, supongo– no lo veré con mi papá, sino con un grupo de amigos. De esos con los que siempre se termina mal, borrachos de alegría. Si he de tener un hijo él será mi próximo acompañante y probablemente me pagará con la misma moneda que tiene el valor de la ingratitud del tiempo y de las etapas de la vida. 

Unión necesita ir a buscar el triunfo tal como esa vez que me terminó latiendo el corazón como si se me fuese a salir. Sería el concha de su madre más grande de este universo si exigiera la clasificación después de que ese 26 de mayo de 2013 miré al cielo y le juré a lo que sea que ya no necesito nada más, que ya estoy pagado. Aunque sería maravilloso rememorar la felicidad de ese 26 de marzo. No necesitamos un Tito Tapia otra vez. Por favor, eso nunca más. Pero sí nos gustaría otra emoción tan grande como el gol del Tito Tapia.

¡Vamos Unión!