Lo recuerdo bien: fue el 8 de Agosto del año 2008. Sí, el mismo día de la inaguración de los Juegos Olímpicos de Beijing de aquel año, que fue, quizás, la obertura más esperada de dicho evento, por toda la especulación que había de como los chinos recibirián esta fiesta, que era suya.
Yo cursaba séptimo básico, y ese mismo día tenía mi primera acción social, actividad que consistía en visitar colegios -Jardín infantil en este caso- en riesgo social, para, así, hacerles pasar a estos niños al menos una jornada agradable entre todos los problemas en los que se encontraban envueltos. Ahí conocí a Fernanda, una niña del jardín que me tocó visitar con la cual me encariñé y no la solté más durante el tiempo que estuve en el lugar. Hicimos buenas migas, no nos separamos más. Pero al momento de despedirnos no pude aguantarme las lágrimas; lágrimas que se extendieron hasta el arribo a mi morada. Estaba angustiado; no la vería nunca más, nunca más vería a esa niña que me robó el corazón con su inconmensurable ternura. Finalmente la actividad se repitió en un par de ocasiones en ese mismo año, por lo que pude ver otra vez a Fernanda, pero fue la última visita la que me dejó con una sensación de satisfacción y tranquilidad.
Así fueron pasando los años, y con ellos mis actividades de acción social, las cuales pasaron sin pena ni gloria. Nunca más pude memorizar el nombre de algún otro niño que me tocara apadrinar por un dia, exceptuando uno: Matías, quién se cruzó en mi camino el año recién pasado. Yo estaba en Cuarto medio, el último año de mi etapa escolar, mientras tanto Matías se encontraba en Kinder. Al igual que con Fernanda, congeniamos de inmediato y el cariño fue recíproco, de tal modo que en nuestro segundo encuentro la señora a cargo del cuidado de los niños me advirtió, de no muy buena manera, que tomara un poco más de distancia con Matías en relación a la vez anterior, pues este en esa ocasión lloró a moco tendido mi partida. Dada las indicaciones de la antipática veterana mi relación con el niño se desarrolló sin aspavientos, hasta el momento de despedirnos; el preescolar parecía algo enfadado de seguro porque esa vez visitamos el zoológicos y por temas de tiempo no alcanzamos a ver a un animal que a él le parecía interesante, a pesar de su enfado me preguntaba entre pucheros y con los ojos humedecidos cuando sería nuestro próximo encuentro. Era un hecho: ambos creamos un lazo. Pero esta actividad que parecía muy empática y generosa también le dejaba un espacio, no menor, a la crueldad y a la sensación de quedar en deuda.
No puedo pasar por alto que al redactar esta crónica y, al mismo tiempo, acordarme de Matías y Fernanda me he emocionado en más de algún pasaje.
No sé que criterios ocupara nuestra memoria para atesorar los recuerdos, que, a su juicio, merecen un lugar privilegiado. Tampoco quiero saberlo. Prefiero quedarme con mis conclusiones infundadas, que no siguen ningún patrón de razonamiento lógico.
El tiempo hará a su trabajo, lo suyo. Ellos me olvidarán - si es que ya no lo hicieron. En cambio yo, yo los tendré por siempre en mi memoria, y no se porqué. Hago el esfuerzo y no encuentro la respueta de porque ustedes me marcaron tanto. Y, en definitiva, duele pues ustedes me olvidarán, estaban demasiados pequeños para recordarme en un futuro. No me arrepiento de haber priorizado esa acción social sobre la apertura más grande de la historia de las olimpiadas pues te conocí Fernanda, y gracias por cruzarte en mi camino,Matías.