domingo, 13 de enero de 2019

Erroes no forzados

Desempolvo este sitio como un acto de masoquismo. Tengo la esperanza viva, e ilusa, de que nadie leerá esto y el hecho de escribir acá  será  una terapia. En el fondo de mí, intuyo que es un arma de doble filo, donde probablemente sea yo quien me proporcione una certera estocada.

La cosa (el drama) es más o menos así: estoy realizando mi segunda práctica profesional. Esto es signo inequívoco que estoy ad portas de ingresar al mundo laboral. El simple hecho de pensar en eso me atormenta. Mientras escribo esto recuerdo a mi profesora de filosofía del colegio, quien una vez nos dijo que las personas viejas saben que la muerte está a la vuelta de la esquina y que por lo mismo la ven en todas partes. Yo me siento más o menos así. Veo la responsabilidad acercarse a un paso firme y veloz donde no tengo escapatoria. No me veo capaz de auto valerme por mí mismo y me aterra. El futuro me estresa y me mete miedo. Pero eso es harina de otro costal. Quizás escriba sobre eso cuando sea el momento de buscar trabajo en un mercado colapsado, inestable y, por sobre todo, incierto.

El proceso de buscar práctica también tuvo ribetes tortuosos. No quedé seleccionado en ninguna de mis opciones predilectas y donde definitivamente me seleccionaron era a todas luces poco atractivo: la paga ni siquiera se asimilaba a las otras de mis postulaciones y no había un equipo de comunicaciones formado.

Pero en fin, era eso o apostar a un lugar mejor, pero con posibles consecuencias de un eventual atraso en mi titulación, lo cual no estaba en mis planes. Lo peor de todo es que un día después de haber firmado llegó una oferta de Cencosud. Preferí mirar al frente y no nublarme con esa cruel risotada del destino.

Con todo este preámbulo se puede inferir que mi disposición para trabajar en aquel lugar era nula.

Con el pasar de los días han ido aumentando mis tareas en la oficina, de manera paulatina eso sí. Aún no logro responder de manera satisfactoria. Mi frustración es perceptible, pero no había sido tan injusto conmigo. Sabía que el periodismo que se hace en los medios de comunicación no es ni siquiera parecido  aquel que se ejerce en una empresa. Necesito adaptarme.

Sin embargo ya he cometido un par de errores que me han impedido conciliar el sueño. Voy a  intentar ser lo más claro posible. Me encomendaron la misión de ser el encargado de un Programa de Vacaciones de Verano para los hijos de los trabajadores. Mi labor descansaba  en ser el encargado  de la inscripción de aquellos mozalbetes. El día jueves cometí el primer error: por una desinteligencia con uno de los trabajadores eliminé a su hija de la actividad y le otorgué el cupo a otra persona. El trabajador rezagado me llamó y me hizo saber que cometí un error, para enmendarlo lo volví a incluir y tuve que dejar fuera a quien le había entregado aquel cupo. Llamé a esté ultimo. Se molestó, pero lo entendió dentro de todo. Afortunadamente mi jefa no se enteró de eso.

En el transcurso de esa misma tarde, me di cuenta de otro error, no tenía bien contabilizados los cupos. Por cada día tenían que haber 40 niños y yo tenía 39. No era tan grave y , de alguna manera, fue beneficioso ya que pude enmendar el error que cometí con aquel trabajador que debió pagar los platos rotos por mi negligencia y ahora tenía una nueva oportunidad

Pero al día siguiente volví a cometer el mismo error. Pero con peores consecuencias. En conjunto con mi jefa, a la cual le pondré el seudónimo de Lorena, mandamos correos electrónicos a todos los trabajadores quienes lograron inscribir a sus hijos de manera satisfactoria para sus vacaciones. Después de almuerzo empezó mi pesadilla: una trabajadora, a la cual no le llegó el mail de confirmación, pero que se enteró puesto a que alguien más se lo mostró, mandó un correo preguntando qué había pasado que su hija no se encontraba en la lista. El mensaje me pareció raro, pues yo recordaba haberle mandado un mail a ella confirmando que no podría participar. Revisé la bandeja de elementos enviados y encontré mi equivocación. Le había informado, de manera errónea ,que su hijo había quedado seleccionado para el segundo día. 

Me agarré la cabeza y le comenté a Lorena lo que me pasó. "Esto es gravísimo, Lucas, si me jefe se entera de esto me queda la mansa cagá", me dijo. Arregló el problema ella misma y me dijo que no importaba, que la práctica estaba para eso y que ella estaba a sabiendas de que algo así podía pasar. Cerró su sermón, eso sí, advirtiéndome que esto no podíaa volver a pasar.

Palabras de buena crianza, pero que no dejan de ser ciertas. 

Lo terrible para mí es que el día en lo sucesivo fue de lo peor. Le mandé un comunicado que ya me había corregido, pero algo pasó que no lo guardé, cosa que nunca me pasa, y le mandé el mismo que le había mandado en un principio, sin enmendar. Eliminé el correo a tiempo, pero tendré que hacerlo todo de nuevo. En el regreso a casa, me fui culpando a todo momento por el error tan básico que había cometido al no enviar bien aquel correo. Dentro de mi dramatismo exagerado pensé que bueno sería morir

Llegué a mi casa sin ánimos. Eliminé mis redes sociales y decidí no ir al gimnasio.  Dormí siesta, pero al despertar mi angustia se acrecentó. Dentro de mí me empecé a cuestionar qué hubiese pasado si cometí el mismo error con más personas. De manera estéril intenté meterme al correo institucional, pero para mi desgracia me di cuenta de que solo puedo acceder desde la oficina. 

Con la desesperación consumiéndome llamé a Lorena quien me volvió a dar tranquilidad. Patéticamente corté el teléfono y me largué a llorar. Tenía una invitación a salir, que preferí desechar. Pero me di cuenta de que no era la solución. Así que tomé mis cosas y emprendí rumbo 'Onde Mario, un local que conocí hace unos seis meses.

Con Mario han pasado cosas lindas, su local es tan acogedor que dan ganas de buscar excusas para ir, a pesar de lo caro que sale ir con tanta frecuencia. Mario conmigo es amable, pero para esta ocasión ocurrió lo que era lógico, pero yo quería evitar a como dé lugar. Mario me preguntó cómo me estaba yendo en la práctica. Pesqué mi piscola, le di un sorbo generoso y, sin entrar en mayores detalles,  le conté que hoy  cometí un error feo. Mario, siendo conciliador conmigo, me consoló advirtiéndome que para eso eran las prácticas y me contó una situación adversa que le tocó vivir  cuando el realizaba la suya, mucho tiempo atrás.

Mi día parecía ir mejorando hasta que me había dado cuenta de que había dejado el pase escolar en mi casa. Un error tan común y trivial a esas alturas ya me parecía algo terrible. Por muy pequeño que fuera me hacía sentir pésimo porque todo se me estaba sumando.

Me despedí de Mario y tomé un taxi que me llevase a la casa de un amigo, antes de subirme al auto, me caí. Para darle más desgracia aún, olvidé decirle a a mi mamá que me quedaría donde mi amigo lo que me generó un mal momento.

Todas estas situaciones vividas tan solo en un fin de semana me tiene mermado y desmoralizado. No quiero ir a trabajar y me aterra volver a cometer un error. Ya empecé a tomar medidas sacrifiqué mi siesta de hoy domingo para no tener problemas para dormir, como los tuve anoche. Sé que la cosa no me durará mucho, el Australian Open ya está en marcha y no estoy dispuesto a hipotecar esas madrugadas de tenis.

Espero poder tener una mejor semana que me suba la moral para recuperar confianza en mí mismo. Mientras tanto intentaré estar más concentrado y recurrir a gente como Don Mario que, a pesar de no reaccionar con tantos aspavientos, me intentan subir el ánimo de manera sincera y con un dejo de ternura 

sábado, 25 de marzo de 2017

En esta noche

La Madonna me acompaña en esta noche de estudio. En esta noche donde avanzo a paso lento e inseguro. En esta noche donde las reflexiones me disminuyen. En esta noche donde el tercer café cargadísimo amenaza con invocar a Guajardo. En esta noche donde he meado demasiado y me hace recordar a esas noches de alcohol, noches que tengo en pausa. En esta noche donde Guachupé se esfuerza – a través de la nostalgia– en reencantarme. No lo logra. En esta noche donde esas reflexiones son gatilladas por mí mismo de manera estúpida. Una de dos: o soy masoquista o no me conozco. Me inclino por la primera. En esta noche donde los ronquidos de la Madonna testifican su presencia, como queriendo hacerse presente. Como queriendo dejar en claro que esta allí conmigo, aun cuando podría estar durmiendo más cómoda, durmiendo a la oscuridad y arriba de la cama. Pero acá está, conmigo, acompañando en el martirio, martirizándose ella también. Ayudándome a sentir y atenta por si llega Guajardo a tocar el timbre de mi garganta.

jueves, 23 de febrero de 2017

El gol del Tito Tapia

En la retina de cada hincha de Unión quedará el gol de Hector Tapia, ya que fue el único gol que marcó vistiendo la camiseta más linda del mundo y nos dio una esperanza que casi dábamos por perdida.

Estábamos, después de doce años, en Copa Libertadores, tras obtener un emotivo –pero inmerecido– Campeonato Nacional. Nuestra participación en la copa, hasta ahí, era derechamente mala; habíamos perdido de local contra el Goias de Brasil y contra Ñuls de Argentina, en Rosario. A los bolivianos de The Strongest le ganamos en nuestro estadio por 1-0 con gol de Emerson Pereira y seguíamos vivos. En el partido venidero tendríamos jugar, otra vez, con los mediterráneos, pero ahora en La Paz.

Recuerdo perfecto aquel partido en Bolivia. Era 26 de marzo y ese día en el colegio no pensaba en otra cosa que traernos los tres puntos costase lo que costase, tal como lo estoy ahora. Llegada la hora del partido con mi papá buscamos un lugar donde lo transmitiesen. Afortunadamente, para nuestras intenciones, la ley dejaba mucho que desear: los niños de ese entonces, como yo que tan solo tenía diez años, podían entrar a lugares donde hubiesen viejos dejados al azar un jueves por la noche que bebían y fumaban.

Entramos en definitiva al Chileno–Árabe, un pub ubicado en Recoleta con Domínica. El lugar estaba dejado a la indiferencia de los años, cargado de romanticismo pero  sus paredes pedían a gritos una manito de gato. Tomamos primera fila frente al televisor, lugar de lujo para sufrir. Una cerveza para él; una bebida para mí. Y vamos la Unión.

Como era de esperarse en el lugar no había ni un privilegiado que supiera lo hermoso que se siente ser hincha de Unión. Aunque los envidiaba mucho en un aspecto: estaban caga'os de la risa y comentaban el partido sin nerviosismo. Hacían reparos en lo mal que jugaba la Unión. Y era verdad. Los escasos recuerdos que tengo apelan que nuestro arquero, Julio César Gaona, atajó un sinfín de pelotas que, de no ser por él, nos llevarían directamente a la eliminación. Recuerdo, también, que los comentaristas argentinos no dejaban de traer a colación que la figura del partido era su compatriota.

Cuando ya parecía que el partido acababa en un insípido 0-0 Héctor Tapia se manda un carrerón y clava la pelota en un ángulo inferior del arco. Gol, gol de la Unión y estábamos más vivos que nunca. Mi reacción fue eufórica, tanto así que casi me desmayo producto, entre otras cosas, del olor a cigarrillo del lugar que me tenía mareado. Los viejos chichas me abrazaban y gritaron el gol como si fuese de su equipo. 

Al llegar a mi casa estaba tan contento que no pude perder la posibilidad de dormir con mi camiseta para que al otro día, al despertar, fuese lo primero que viera.

En el partido siguiente –contra Ñuls– falté al cumpleaños de mi mamá para ir al estadio. Empatamos un partido que teníamos en el bolsillo y terminamos eliminados. Pero la felicidad del partido ganado en Bolivia jamás la olvidé.

Hoy, once años después, volvemos a jugar contra el mismo equipo y en la misma cancha y –siguiendo el curso natural de la vida, supongo– no lo veré con mi papá, sino con un grupo de amigos. De esos con los que siempre se termina mal, borrachos de alegría. Si he de tener un hijo él será mi próximo acompañante y probablemente me pagará con la misma moneda que tiene el valor de la ingratitud del tiempo y de las etapas de la vida. 

Unión necesita ir a buscar el triunfo tal como esa vez que me terminó latiendo el corazón como si se me fuese a salir. Sería el concha de su madre más grande de este universo si exigiera la clasificación después de que ese 26 de mayo de 2013 miré al cielo y le juré a lo que sea que ya no necesito nada más, que ya estoy pagado. Aunque sería maravilloso rememorar la felicidad de ese 26 de marzo. No necesitamos un Tito Tapia otra vez. Por favor, eso nunca más. Pero sí nos gustaría otra emoción tan grande como el gol del Tito Tapia.

¡Vamos Unión!

lunes, 2 de enero de 2017

Cortázar

Ay, Julio. Qué nunca se nos acaben las vacaciones, no porque las amemos a secas, sino porque su antítesis –ese laxo período de responsabilidad que rodea los diez meses– es el flagelo de los que leemos por el simple hecho de que nos gusta la actividad. Queremos perpetuar las vacaciones, Julito, porque esos tortuosos semestres se transforman en el espacio idóneo para que la rigurosidad intente hacernos creer que el oficio de leer es el suplicio mismo transformado en fotocopias y los verdugos se materializan en profesores, aunque bien intencionados.

Ay, Julio. Qué nunca se nos acaben las vacaciones.

jueves, 7 de julio de 2016

Antítesis

Cuando me supe conocedor de mi victoria no hice más que festejar, respetando el duelo de mi rival. La tristeza del derrotado no es un requisito relevante para llegar a la satisfacción. Aunque no niego que algo de morbo había en mi.

Con el pasar del tiempo mi obtención se tornó amarga; cumplió el objetivo a medias y no estuvo ni cerca de cumplir las expectativas. Me llegué a sentir un campeón sin corona. Al momento de hacer la raya para la suma me di cuenta que yo era el gran perdedor.

Hoy por hoy mi desafortunado trofeo anda buscando un monarca a la altura: alguien que sepa levantarla; admirar sus terminaciones; obviar esa abolladura en su frontis y saber llenar ese vacío con el que carga al ser una copa sin prestigio y que perdió la motivación para ser esquiva ante sus aspirantes.

Por mi parte seguiré compitiendo sin mayores pretensiones. En cuanto a mi otrora rival no sé bien si lo que corresponde es acercarme para pedirle disculpas, o si es él quien debe agradecerme por haberle ahorrado este martirio innecesario. En todo caso nunca sabrá que esta derrota fue la más dulce de su vida.

domingo, 6 de septiembre de 2015

En una de esas

Y es que quizás nuestra capacidad de memorizar es inversamente proporcional a nuestra felicidad. 

miércoles, 12 de agosto de 2015

Inmortalidad para los íconos

Tengo la suerte de verlo todos los días. Lo contemplo, lo miro con respeto, con admiración, como debiésemos mirar a los viejos, o más bien a los sabios. Como todos, tiene simpatizantes y detractores.  Nadie tiene la precisión de su edad, y si es que alguien la tiene lo desconozco, pero ha sido testigo presencial de millones de cosas, me faltarían más de 2015 años para terminar de enumerarlas.

 Como buen sapiente no habla; solo observa.

Como todo viejo está desgastado, a veces parece moribundo, pero paradójicamente, agarra más fuerza en el invierno y nos hace recordar que, a pesar de no ser el mismo de antes, aún le queda cuerda; pronunciándose, como reivindicando su histórica razón de existir, diciéndonos que han sido estériles los intentos de quienes se han esmerado, ya sea consciente o inconscientemente; opositores o adeptos, en matarlo. .

Si es que algún día ha de  morir, espero yo no estar vivo. Y espero poder pasar todos los días, por el resto de mi vida, por su lado, porque de lo contrario eso significaría que algo salió muy bien, o muy mal. Y como le tengo miedo a los cambios prefiero que las cosas se queden así.