Desempolvo este sitio como un acto de masoquismo. Tengo la esperanza viva, e ilusa, de que nadie leerá esto y el hecho de escribir acá será una terapia. En el fondo de mí, intuyo que es un arma de doble filo, donde probablemente sea yo quien me proporcione una certera estocada.
La cosa (el drama) es más o menos así: estoy realizando mi segunda práctica profesional. Esto es signo inequívoco que estoy ad portas de ingresar al mundo laboral. El simple hecho de pensar en eso me atormenta. Mientras escribo esto recuerdo a mi profesora de filosofía del colegio, quien una vez nos dijo que las personas viejas saben que la muerte está a la vuelta de la esquina y que por lo mismo la ven en todas partes. Yo me siento más o menos así. Veo la responsabilidad acercarse a un paso firme y veloz donde no tengo escapatoria. No me veo capaz de auto valerme por mí mismo y me aterra. El futuro me estresa y me mete miedo. Pero eso es harina de otro costal. Quizás escriba sobre eso cuando sea el momento de buscar trabajo en un mercado colapsado, inestable y, por sobre todo, incierto.
El proceso de buscar práctica también tuvo ribetes tortuosos. No quedé seleccionado en ninguna de mis opciones predilectas y donde definitivamente me seleccionaron era a todas luces poco atractivo: la paga ni siquiera se asimilaba a las otras de mis postulaciones y no había un equipo de comunicaciones formado.
Pero en fin, era eso o apostar a un lugar mejor, pero con posibles consecuencias de un eventual atraso en mi titulación, lo cual no estaba en mis planes. Lo peor de todo es que un día después de haber firmado llegó una oferta de Cencosud. Preferí mirar al frente y no nublarme con esa cruel risotada del destino.
Con todo este preámbulo se puede inferir que mi disposición para trabajar en aquel lugar era nula.
Con el pasar de los días han ido aumentando mis tareas en la oficina, de manera paulatina eso sí. Aún no logro responder de manera satisfactoria. Mi frustración es perceptible, pero no había sido tan injusto conmigo. Sabía que el periodismo que se hace en los medios de comunicación no es ni siquiera parecido aquel que se ejerce en una empresa. Necesito adaptarme.
Sin embargo ya he cometido un par de errores que me han impedido conciliar el sueño. Voy a intentar ser lo más claro posible. Me encomendaron la misión de ser el encargado de un Programa de Vacaciones de Verano para los hijos de los trabajadores. Mi labor descansaba en ser el encargado de la inscripción de aquellos mozalbetes. El día jueves cometí el primer error: por una desinteligencia con uno de los trabajadores eliminé a su hija de la actividad y le otorgué el cupo a otra persona. El trabajador rezagado me llamó y me hizo saber que cometí un error, para enmendarlo lo volví a incluir y tuve que dejar fuera a quien le había entregado aquel cupo. Llamé a esté ultimo. Se molestó, pero lo entendió dentro de todo. Afortunadamente mi jefa no se enteró de eso.
Sin embargo ya he cometido un par de errores que me han impedido conciliar el sueño. Voy a intentar ser lo más claro posible. Me encomendaron la misión de ser el encargado de un Programa de Vacaciones de Verano para los hijos de los trabajadores. Mi labor descansaba en ser el encargado de la inscripción de aquellos mozalbetes. El día jueves cometí el primer error: por una desinteligencia con uno de los trabajadores eliminé a su hija de la actividad y le otorgué el cupo a otra persona. El trabajador rezagado me llamó y me hizo saber que cometí un error, para enmendarlo lo volví a incluir y tuve que dejar fuera a quien le había entregado aquel cupo. Llamé a esté ultimo. Se molestó, pero lo entendió dentro de todo. Afortunadamente mi jefa no se enteró de eso.
En el transcurso de esa misma tarde, me di cuenta de otro error, no tenía bien contabilizados los cupos. Por cada día tenían que haber 40 niños y yo tenía 39. No era tan grave y , de alguna manera, fue beneficioso ya que pude enmendar el error que cometí con aquel trabajador que debió pagar los platos rotos por mi negligencia y ahora tenía una nueva oportunidad
Pero al día siguiente volví a cometer el mismo error. Pero con peores consecuencias. En conjunto con mi jefa, a la cual le pondré el seudónimo de Lorena, mandamos correos electrónicos a todos los trabajadores quienes lograron inscribir a sus hijos de manera satisfactoria para sus vacaciones. Después de almuerzo empezó mi pesadilla: una trabajadora, a la cual no le llegó el mail de confirmación, pero que se enteró puesto a que alguien más se lo mostró, mandó un correo preguntando qué había pasado que su hija no se encontraba en la lista. El mensaje me pareció raro, pues yo recordaba haberle mandado un mail a ella confirmando que no podría participar. Revisé la bandeja de elementos enviados y encontré mi equivocación. Le había informado, de manera errónea ,que su hijo había quedado seleccionado para el segundo día.
Me agarré la cabeza y le comenté a Lorena lo que me pasó. "Esto es gravísimo, Lucas, si me jefe se entera de esto me queda la mansa cagá", me dijo. Arregló el problema ella misma y me dijo que no importaba, que la práctica estaba para eso y que ella estaba a sabiendas de que algo así podía pasar. Cerró su sermón, eso sí, advirtiéndome que esto no podíaa volver a pasar.
Palabras de buena crianza, pero que no dejan de ser ciertas.
Lo terrible para mí es que el día en lo sucesivo fue de lo peor. Le mandé un comunicado que ya me había corregido, pero algo pasó que no lo guardé, cosa que nunca me pasa, y le mandé el mismo que le había mandado en un principio, sin enmendar. Eliminé el correo a tiempo, pero tendré que hacerlo todo de nuevo. En el regreso a casa, me fui culpando a todo momento por el error tan básico que había cometido al no enviar bien aquel correo. Dentro de mi dramatismo exagerado pensé que bueno sería morir
Llegué a mi casa sin ánimos. Eliminé mis redes sociales y decidí no ir al gimnasio. Dormí siesta, pero al despertar mi angustia se acrecentó. Dentro de mí me empecé a cuestionar qué hubiese pasado si cometí el mismo error con más personas. De manera estéril intenté meterme al correo institucional, pero para mi desgracia me di cuenta de que solo puedo acceder desde la oficina.
Con la desesperación consumiéndome llamé a Lorena quien me volvió a dar tranquilidad. Patéticamente corté el teléfono y me largué a llorar. Tenía una invitación a salir, que preferí desechar. Pero me di cuenta de que no era la solución. Así que tomé mis cosas y emprendí rumbo 'Onde Mario, un local que conocí hace unos seis meses.
Con Mario han pasado cosas lindas, su local es tan acogedor que dan ganas de buscar excusas para ir, a pesar de lo caro que sale ir con tanta frecuencia. Mario conmigo es amable, pero para esta ocasión ocurrió lo que era lógico, pero yo quería evitar a como dé lugar. Mario me preguntó cómo me estaba yendo en la práctica. Pesqué mi piscola, le di un sorbo generoso y, sin entrar en mayores detalles, le conté que hoy cometí un error feo. Mario, siendo conciliador conmigo, me consoló advirtiéndome que para eso eran las prácticas y me contó una situación adversa que le tocó vivir cuando el realizaba la suya, mucho tiempo atrás.
Mi día parecía ir mejorando hasta que me había dado cuenta de que había dejado el pase escolar en mi casa. Un error tan común y trivial a esas alturas ya me parecía algo terrible. Por muy pequeño que fuera me hacía sentir pésimo porque todo se me estaba sumando.
Me despedí de Mario y tomé un taxi que me llevase a la casa de un amigo, antes de subirme al auto, me caí. Para darle más desgracia aún, olvidé decirle a a mi mamá que me quedaría donde mi amigo lo que me generó un mal momento.
Todas estas situaciones vividas tan solo en un fin de semana me tiene mermado y desmoralizado. No quiero ir a trabajar y me aterra volver a cometer un error. Ya empecé a tomar medidas sacrifiqué mi siesta de hoy domingo para no tener problemas para dormir, como los tuve anoche. Sé que la cosa no me durará mucho, el Australian Open ya está en marcha y no estoy dispuesto a hipotecar esas madrugadas de tenis.
Espero poder tener una mejor semana que me suba la moral para recuperar confianza en mí mismo. Mientras tanto intentaré estar más concentrado y recurrir a gente como Don Mario que, a pesar de no reaccionar con tantos aspavientos, me intentan subir el ánimo de manera sincera y con un dejo de ternura
Con Mario han pasado cosas lindas, su local es tan acogedor que dan ganas de buscar excusas para ir, a pesar de lo caro que sale ir con tanta frecuencia. Mario conmigo es amable, pero para esta ocasión ocurrió lo que era lógico, pero yo quería evitar a como dé lugar. Mario me preguntó cómo me estaba yendo en la práctica. Pesqué mi piscola, le di un sorbo generoso y, sin entrar en mayores detalles, le conté que hoy cometí un error feo. Mario, siendo conciliador conmigo, me consoló advirtiéndome que para eso eran las prácticas y me contó una situación adversa que le tocó vivir cuando el realizaba la suya, mucho tiempo atrás.
Mi día parecía ir mejorando hasta que me había dado cuenta de que había dejado el pase escolar en mi casa. Un error tan común y trivial a esas alturas ya me parecía algo terrible. Por muy pequeño que fuera me hacía sentir pésimo porque todo se me estaba sumando.
Me despedí de Mario y tomé un taxi que me llevase a la casa de un amigo, antes de subirme al auto, me caí. Para darle más desgracia aún, olvidé decirle a a mi mamá que me quedaría donde mi amigo lo que me generó un mal momento.
Todas estas situaciones vividas tan solo en un fin de semana me tiene mermado y desmoralizado. No quiero ir a trabajar y me aterra volver a cometer un error. Ya empecé a tomar medidas sacrifiqué mi siesta de hoy domingo para no tener problemas para dormir, como los tuve anoche. Sé que la cosa no me durará mucho, el Australian Open ya está en marcha y no estoy dispuesto a hipotecar esas madrugadas de tenis.
Espero poder tener una mejor semana que me suba la moral para recuperar confianza en mí mismo. Mientras tanto intentaré estar más concentrado y recurrir a gente como Don Mario que, a pesar de no reaccionar con tantos aspavientos, me intentan subir el ánimo de manera sincera y con un dejo de ternura
