viernes, 8 de marzo de 2013

Si está muerto, es bueno.

Hace poco terminé de leer "El empampado Riquelme" un libro escrito por Francisco Mouat donde narra, con una extensa investigación previa, la historia de Julio Riquelme Ramírez que desaparece de la nada. El 2 de febrero de 1956 Riquelme sube al tren longitudinal en La Calera con destino a Iquique. Riquelme iba al bautizo de su nieto, pero algo pasó que no llegó a su destino.

El hombre no tenía buenos antecedentes, era mujeriego y con sus acciones uno podía concluir que no era uno de los mejores padres, a pesar de que nunca faltó comida en el hogar. Por este historial que Riquelme tenía a su haber, la familia pensó que le dió por dejar todo tirado y no le importó nada, sin embargo cuarenta y tres años después  los restos de Riquelme aprecen en medio de la pampa. En ese momento la familia siente la imperiosa necesidad de brindarle un adiós como corresponde y sepultarlo en el cementerio 3 de Iquique. ¿Por qué la familia siente la pérdida de su pariente sólo cuando se enteran que el fallecimiento de Riquelme fue a partir de una tragedia?

Este libro junto con "Algunos adioses" me hicieron reflexionar sobre el impacto que genera la muerte en la sociedad y me surgen preguntas como: ¿Por qué no somos capaces de destacar las características negativas de una persona? personalmente no soy partidario de esa ley de que no existe muerto malo, ¿por qué no destacar aquellas características que supuestamente son negativas bajo nuestra ética? ¿Será que acaso no nos atrevemos porque sentimos que no nos vamos en paz con el difunto? No lo sé, sólo sé que al momento de mi muerte deseo que me recuerden con mis pros y contras, con mis defectos y virtudes, puesto que ambas son parte de mi esencia y mi persona.