miércoles, 12 de agosto de 2015

Inmortalidad para los íconos

Tengo la suerte de verlo todos los días. Lo contemplo, lo miro con respeto, con admiración, como debiésemos mirar a los viejos, o más bien a los sabios. Como todos, tiene simpatizantes y detractores.  Nadie tiene la precisión de su edad, y si es que alguien la tiene lo desconozco, pero ha sido testigo presencial de millones de cosas, me faltarían más de 2015 años para terminar de enumerarlas.

 Como buen sapiente no habla; solo observa.

Como todo viejo está desgastado, a veces parece moribundo, pero paradójicamente, agarra más fuerza en el invierno y nos hace recordar que, a pesar de no ser el mismo de antes, aún le queda cuerda; pronunciándose, como reivindicando su histórica razón de existir, diciéndonos que han sido estériles los intentos de quienes se han esmerado, ya sea consciente o inconscientemente; opositores o adeptos, en matarlo. .

Si es que algún día ha de  morir, espero yo no estar vivo. Y espero poder pasar todos los días, por el resto de mi vida, por su lado, porque de lo contrario eso significaría que algo salió muy bien, o muy mal. Y como le tengo miedo a los cambios prefiero que las cosas se queden así.