jueves, 7 de julio de 2016

Antítesis

Cuando me supe conocedor de mi victoria no hice más que festejar, respetando el duelo de mi rival. La tristeza del derrotado no es un requisito relevante para llegar a la satisfacción. Aunque no niego que algo de morbo había en mi.

Con el pasar del tiempo mi obtención se tornó amarga; cumplió el objetivo a medias y no estuvo ni cerca de cumplir las expectativas. Me llegué a sentir un campeón sin corona. Al momento de hacer la raya para la suma me di cuenta que yo era el gran perdedor.

Hoy por hoy mi desafortunado trofeo anda buscando un monarca a la altura: alguien que sepa levantarla; admirar sus terminaciones; obviar esa abolladura en su frontis y saber llenar ese vacío con el que carga al ser una copa sin prestigio y que perdió la motivación para ser esquiva ante sus aspirantes.

Por mi parte seguiré compitiendo sin mayores pretensiones. En cuanto a mi otrora rival no sé bien si lo que corresponde es acercarme para pedirle disculpas, o si es él quien debe agradecerme por haberle ahorrado este martirio innecesario. En todo caso nunca sabrá que esta derrota fue la más dulce de su vida.