No acostumbro a hacer balances anuales, los aborrezco, de vez en cuando, eso sí, recuerdo lo mejor que dejó el año, pero no los califico de buenos o malos. Ni tampoco espero con ansías que cambie el número en el calendario esperando un nuevo año y que lo que venga sea mejor, porque soy consciente que de un día para otro no mejorará todo. Porque eso no pasa, siempre, pero siempre depende de uno. Pero está ocasión será uno de esos "de vez en cuando" en que recordaré un episodio que pasó en este rango de tiempo de 365 días, además es una excusa ideal para sacarle las telarañas a este lugar, donde no escribo hace casi nueve meses.
Era por ahí como Marzo o principios de Abril y con el núcleo familiar decidimos viajar para el fin de semana largo correspondiente a semana santa, y después de mucho pensar llegamos a un consenso y decidimos que el lugar idóneo era Montevideo. Lo divertido es que por mi parte siempre había querido ir a la capital del Uruguay pero al momento de ofrecer posibles lugares para descansar ese fin de semana ni siquiera se me pasó por la cabeza Montevideo . Sacamos los pasajes. Pasaban los días, y se acercaba el momento de viajar, y la verdad no le tomábamos mucha importancia al tema del alojamiento, pues era Abril, temporada baja, y además, hasta donde yo sé, coincidía con el período de vacaciones de los charrúas. Cuando por fin empezamos a hacer los asuntos de rigor para encontrar donde hospedar esas dos noches que estaríamos en la República oriental nos encontramos con que la capacidad hotelera estaba copada hasta más no poder, y los hoteles que estaban disponibles estaban, en su mayoría, en Punta del Este donde eran carísimos, y el único que quedaba en Montevideo mismo era de la cadena Sheraton, y el valor de las dos noches superaba el millón y medio de pesos chilenos. Impagable.
A pesar de todo nos tomamos el asunto a la ligera, total más de un lugar apto, sin página web, para alojar debía de haber. Salimos de Santiago, y después de tres horas de viaje, llegamos a nuestro destino. Tomamos un taxi en el aeropuerto, y le explicamos al tipo que manejaba el taxi nuestra situación, y él fue quien nos explicó que era muy improbable encontrar un lugar, ya que Paul McCartney iba a ofrecer un show en la ciudad, por lo tanto Montevideo, durante ese fin de semana, estaría lleno de Argentinos y Brasileños fanáticos del ex Beatle. Nos miramos entre nosotros con cara de afligidos; ya nos veíamos durmiendo en la calle con nuestras maletas. A pesar de la desesperanzadora situación, Maikol (sí, así se llamaba el tipo que manejaba el taxi: Maikol. Y así se escribía también) se portó un 7: nos paseó por todo el centro de la ciudad por alrededor de una hora buscando lugar donde poder dormir, y fue, también, un activo participante ya que se bajaba del vehículo a preguntar acerca de posibles habitaciones desocupadas. Nuestra desesperación a esas alturas era considerable: el reloj marcaba las 6 de la tarde y estaba todo oscuro, así como si fueran las 9 y media de la noche acá en Santiago, y Maikol no nos podía seguir ayudando ya que debía reportarse en el aeropuerto, por lo que nos dejó en una esquina del corazón de la ciudad y nos dejó solos en la difícil misión de encontrar hospedaje. Una media hora después de Maikol se fue encontramos un lugar; era una mierda de lugar: Los colchones parecían palo y la ducha era una manguera que salía desde la pared, como típicos camarines de colegio: no había nada: ni tina ni cortinas de baño, con suerte agua caliente, lujo del cual ni siquiera hicimos uso porque nunca supimos como prender el calefón. Pero no podíamos empezar a regodearnos, a esa altura le hacíamos a lo que viniera; cualquier cosa era mejor que dormir en la calle de un país ajeno. Hospedamos allí, cuatro personas en una pieza, cuando dejamos todo instalado decidimos ir por algo de comida. Nos embarcamos a eso de las 12 del día, eran cerca de las 8 y todavía nos comíamos nada. Cuando íbamos camino a un restorán, guiados por las indicaciones del recepcionista, vimos la imagen de la que tanto evitamos ser protagonistas: dos turistas durmiendo en la calle, afuera de un hotel con todas sus cosas.
Al día siguiente decidimos ir a Punta del Este para que mi mamá y mi hermana pudieran saciar ese consumismo compulsivo del cual padecen. Una vez que terminamos la agotadora y aburrida jornada de comprar y comprar nos devolvimos a Montevideo, y para nuestra mala suerte al llegar a la ciudad pasamos por las afueras del centenario y escuchamos un pedazo del concierto del culpable de que durmiéramos incómodos y nos bañáramos con agua helada. Lo peor de todo es que cuando llegamos a Santiago de madrugada y con un retraso cercano a las tres horas por negligencia de la aerolínea nos enteramos de que McCartney llegaría ese mismo día a nuestro país para continuar con su gira por Chile. Esto es para ti McCartney y la concha de tu abuela: .l.