lunes, 2 de enero de 2017

Cortázar

Ay, Julio. Qué nunca se nos acaben las vacaciones, no porque las amemos a secas, sino porque su antítesis –ese laxo período de responsabilidad que rodea los diez meses– es el flagelo de los que leemos por el simple hecho de que nos gusta la actividad. Queremos perpetuar las vacaciones, Julito, porque esos tortuosos semestres se transforman en el espacio idóneo para que la rigurosidad intente hacernos creer que el oficio de leer es el suplicio mismo transformado en fotocopias y los verdugos se materializan en profesores, aunque bien intencionados.

Ay, Julio. Qué nunca se nos acaben las vacaciones.