miércoles, 31 de diciembre de 2014

El día que odié a Paul McCartney.

No acostumbro a hacer balances anuales, los aborrezco, de vez en cuando, eso sí, recuerdo lo mejor que dejó el año, pero no los califico de buenos o malos. Ni tampoco espero con ansías que cambie el número en el calendario esperando un nuevo año y que lo que venga sea mejor, porque soy consciente que de un día para otro no mejorará todo. Porque eso no pasa, siempre, pero siempre depende de uno. Pero está ocasión será uno de esos "de vez en cuando" en que recordaré un episodio que pasó en este rango de tiempo de 365 días, además es una excusa ideal para sacarle las telarañas a este lugar, donde no escribo hace casi nueve meses.


 

Era por ahí como Marzo o principios de Abril y con el núcleo familiar decidimos viajar para el fin de semana largo correspondiente a semana santa, y después de mucho pensar llegamos a un consenso y decidimos que el lugar idóneo era Montevideo. Lo divertido es que por mi parte siempre había querido ir a la capital del Uruguay pero al momento de ofrecer posibles lugares para descansar ese fin de semana ni siquiera se me pasó por la cabeza Montevideo . Sacamos los pasajes. Pasaban los días, y se acercaba el momento de viajar, y la verdad no le tomábamos  mucha importancia al tema del alojamiento, pues era Abril, temporada baja, y además, hasta donde yo sé, coincidía con el período de vacaciones de los charrúas. Cuando por fin empezamos a hacer los asuntos de rigor para encontrar donde hospedar esas dos noches que estaríamos en la República oriental nos encontramos con que la capacidad hotelera estaba copada hasta más no poder, y los hoteles que estaban disponibles estaban, en su mayoría, en Punta del Este donde eran carísimos, y el único que quedaba en Montevideo mismo era de la cadena Sheraton, y el valor de las dos noches superaba el millón y medio de pesos chilenos. Impagable.


 

A pesar de todo nos tomamos el asunto a la ligera, total más de un lugar apto, sin página web, para alojar debía de haber. Salimos de Santiago, y después de tres horas de viaje, llegamos a nuestro destino. Tomamos un taxi en el aeropuerto, y le explicamos al tipo que manejaba el taxi nuestra situación, y él fue quien nos explicó que era muy improbable encontrar un lugar, ya que Paul McCartney iba a ofrecer un show en la ciudad, por lo tanto Montevideo, durante ese fin de semana, estaría lleno de Argentinos y Brasileños fanáticos del ex Beatle. Nos miramos entre nosotros con cara de afligidos; ya nos veíamos durmiendo en la calle con nuestras maletas. A pesar de la desesperanzadora situación, Maikol (sí, así se llamaba el tipo que manejaba el taxi: Maikol. Y así se escribía también) se portó un 7: nos paseó por todo el centro de la ciudad por alrededor de una hora buscando lugar donde poder dormir, y fue, también, un activo participante ya que se bajaba del vehículo a preguntar acerca de posibles habitaciones desocupadas. Nuestra desesperación a esas alturas era considerable: el reloj marcaba las 6 de la tarde y estaba todo oscuro, así como si fueran las 9 y media de la noche acá en Santiago, y Maikol no nos podía seguir ayudando ya que debía reportarse en el aeropuerto, por lo que nos dejó en una esquina del corazón de la ciudad y nos dejó solos en la difícil misión de encontrar hospedaje. Una media hora después de Maikol se fue encontramos un lugar; era una mierda de lugar: Los colchones parecían palo y la ducha era una manguera que salía desde la pared, como típicos camarines de colegio: no había nada: ni tina ni cortinas de baño, con suerte agua caliente, lujo del cual ni siquiera hicimos uso porque nunca supimos como prender el calefón. Pero no podíamos empezar a regodearnos, a esa altura le hacíamos a lo que viniera; cualquier cosa era mejor que dormir en la calle de un país ajeno. Hospedamos allí, cuatro personas en una pieza, cuando dejamos todo instalado decidimos ir por algo de comida. Nos embarcamos a eso de las 12 del día, eran cerca de las 8 y todavía nos comíamos nada. Cuando íbamos camino a un restorán, guiados por las indicaciones del recepcionista, vimos la imagen de la que tanto evitamos ser protagonistas: dos turistas durmiendo en la calle, afuera de un hotel con todas sus cosas.


 

Al día siguiente decidimos ir a Punta del Este para que mi mamá y mi hermana pudieran saciar ese consumismo compulsivo del cual padecen. Una vez que terminamos la agotadora y aburrida jornada de comprar y comprar nos devolvimos a Montevideo, y para nuestra mala suerte al llegar a la ciudad pasamos por las afueras del centenario y escuchamos un pedazo del concierto del culpable de que durmiéramos incómodos y nos bañáramos con agua helada. Lo peor de todo es que cuando llegamos a Santiago de madrugada y con un retraso cercano a las tres horas por negligencia de la aerolínea nos enteramos de que McCartney llegaría ese mismo día a nuestro país para continuar con su gira por Chile. Esto es para ti McCartney y la concha de tu abuela: .l.

martes, 8 de abril de 2014

Maracanazo

Para los desentendidos: El "Maracanazo" fue la gesta heróica protagonizada por la selección uruguaya de fútbol el 16 de Julio de 1950 , en el contexto del partido final de la cuarta versión de la copa del mundo, que tuvo lugar en el estadio Maracaná. La víctima de los celestes fue ni más ni menos  que su par brasileño que, además de ser local, era el amplio favorito para adjudicarse el trofeo más ansiado que el mundo fútbol comprende. La expectativa de los dueños de casa era amplia, y era que no: Brasil, hasta ese entonces, nunca se había coronado campeón del mundo. Era la oportunidad perfecta: les bastaba con tan solo un empate y estaban en sus tierras. El público así lo entendió y respondió con creces: ese día 173 mil personas se dieron cita en el coloso ubicado en Río de Janeiro. - el partido con mayor cantidad de espectores del cual se tiene registro- Pero no, las cosas no se le dieron a los cariocas  y todos esos signos que hacían presagiar un día perfecto y soñado para los del "scratch" no fue más que una cruel jugada de las circunstancias para que terminara como una pesadilla. Y para hacerlo todo más terrible y trágico Uruguay dio vuelta el partido tras ir perdiendo por la cuenta mínima. Parecía un crimen macabro llevado a la perfección sin dejar ni un detalle al azar para que el sufrimiento de la víctima fuera completo

Es que la expectativa,y la seguridad, y el triunfalismo era tan grande como fue la desilusión una vez terminado el cotejo. Tanto así que una cifra considerable de hinchas brasileños decidieron poner fin a su vida; no había consuelo ¿Los responsables? Alcides Gigghia, Obdulio Varela y Barbosa. Este último fue el que menos responsabilidad tuvo, sin embargo todos los dardos apuntaban a él. Por muchos años fue responsabilizado por lo sucedido. Harto tiempo después el mismo meta brasileño declaró: " he sido culpado de un crimen que yo no cometí"

Desde entonces, cualquier evento deportivo que concluya a pesar de la lógica y los pronósticos es conocido- manteniendo las proporciones- como Maracanazo.

La historia de este hito deportivo, que le pesa a los brazucas hasta el día de hoy, lo conocía hace ya un buen tiempo, pero lo internalicé aún más cuando lo escogí como tema de disertación junto a Tomás, un compañero tan futbolizado y amante de la historia de este deporte como yo.

El miércoles recién pasado tuve mi primer Maracanazo como hincha: mi equipo ganó en el mítico estadio contra todos los pronósticos ante Botafogo, equipo que no perdía en condición de local hace 41 años jugando por torneos internacionales. Nunca olvidaré las caras incrédulas de las personas que se posaban frente al televisor del bar en donde yo estaba sintonizando el partido. No podían creer que un equipo tan pequeño, con una historia tan ligada al sufrimiento estuviera ganándole a ese equipo brasileño y en el mísmisimo Maracaná, y más encima logrando la clasificación a octavos de final, y de pasada poniendo en jaque la de los brasileños. Era, realmente, una falta de respeto. La prensa local había titulado días atrás que los chilenos no eran un equipo de temer y que la clasificación la tenían amarrada, muy parecido a lo que pasó en el 50 donde los diarios titulaban que la copa ya era de ellos y que no pasarían zozobras. El mismo estadio Maracaná en su inaguración había sido decorado con pancartas que decían "Homenaje a los campeones del mundo." Podría estar el día entero dando ejemplos reales que dejaban al descubierto la seguridad del mundo acerca del triunfo brasileño. Pero volviendo al tema: el partido de Unión reunía todas las características para ser tildado de Maracanazo.

No creo que haya sido coincidencia que con la misma persona que me informe de manera detallada acerca del Maracanazo de los uruguayos haya sido el mismo que estuvo conmigo para mi primer Maracanazo como hincha , tampoco creo que haya sido coincidencia  que su equipo haya sido el último -antes de que se jugara el partido de la Unión, claro- en ganarle a Botafogo en el Maracaná, y mucho menos creo en las coincidencias cuando, en este preciso momento, estamos juntos en la búsqueda de una segunda oportunidad; en busca de nuestro propio Maracanazo.


Dedicado a Tomás Urquieta, quien estuvo conmigo ese histórico dos de Abril del año 2014, compartiendo una chorrillana con unas bebidas y cervezas mientras yo saltaba y gritaba celebrando mi primer Maracanazo.

domingo, 9 de marzo de 2014

La puta memoria

Lo recuerdo bien: fue el 8 de Agosto del año 2008. Sí, el mismo día de la inaguración de los Juegos Olímpicos de Beijing de aquel año, que fue, quizás, la obertura más esperada de dicho evento, por toda la especulación que había de como los chinos recibirián esta fiesta, que era suya.

Yo cursaba séptimo básico, y ese mismo día  tenía mi primera acción social, actividad que consistía en visitar colegios -Jardín infantil en este caso- en riesgo social, para, así, hacerles pasar a estos niños al menos una jornada agradable entre todos los problemas en los que se encontraban envueltos. Ahí conocí a Fernanda, una niña del jardín que me tocó visitar con la cual me encariñé y no la solté más durante el tiempo que estuve en el lugar. Hicimos buenas migas, no nos separamos más. Pero al momento de despedirnos no pude aguantarme las lágrimas; lágrimas que se extendieron hasta el arribo a mi morada. Estaba angustiado; no la vería nunca más, nunca más vería a esa niña que me robó el corazón con su inconmensurable ternura. Finalmente la actividad se repitió en un par de ocasiones en ese mismo año, por lo que pude ver otra vez a Fernanda, pero fue la última visita la que me dejó con una sensación de satisfacción y tranquilidad.

Así fueron pasando los años, y con ellos mis actividades de acción social, las cuales pasaron sin pena ni gloria. Nunca más pude memorizar el nombre de algún otro niño que me tocara apadrinar por un dia, exceptuando uno: Matías, quién se cruzó en mi camino el año recién pasado. Yo estaba en Cuarto medio, el último año de mi etapa escolar, mientras tanto Matías se encontraba en Kinder. Al igual que con Fernanda, congeniamos de inmediato y el cariño fue recíproco, de tal modo que en nuestro segundo encuentro  la señora a cargo del cuidado de los niños me advirtió, de no muy buena manera, que tomara un poco más de distancia con Matías en relación a la vez anterior, pues este en esa ocasión lloró a moco tendido mi partida. Dada las indicaciones de la antipática veterana mi relación con el niño se desarrolló sin aspavientos, hasta el momento de despedirnos; el preescolar parecía algo enfadado de seguro porque esa vez visitamos el zoológicos y por temas de tiempo no alcanzamos a ver a un animal que a él le parecía interesante, a pesar de su enfado me preguntaba entre pucheros y con los ojos humedecidos cuando sería nuestro próximo encuentro. Era un hecho: ambos creamos un lazo. Pero esta actividad que parecía muy empática y generosa también le dejaba un espacio, no menor, a la crueldad y a la sensación de quedar en deuda.

No puedo pasar por alto que al redactar esta crónica y, al mismo tiempo, acordarme de Matías y Fernanda me he emocionado en más de algún pasaje.

No sé que criterios ocupara nuestra memoria para atesorar los recuerdos, que, a su juicio, merecen un lugar privilegiado. Tampoco quiero saberlo. Prefiero quedarme con mis conclusiones infundadas, que no siguen ningún patrón de razonamiento lógico.

El tiempo hará a su trabajo, lo suyo. Ellos me olvidarán - si es que ya no lo hicieron. En cambio yo, yo los tendré por siempre en mi memoria, y no se porqué. Hago el esfuerzo y no encuentro la respueta de porque ustedes me marcaron tanto. Y, en definitiva, duele pues ustedes me olvidarán, estaban demasiados pequeños para recordarme en un futuro. No me arrepiento de haber priorizado esa acción social sobre la apertura más grande de la historia de las olimpiadas pues te conocí Fernanda, y gracias por cruzarte en mi camino,Matías.